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El otro lado de la protesta: Crónica de una Mercadita Feminista

El ambiente se impregnaba de las voces de las compañeras, que a través de las consignas y cantos transmitían la valentía y determinación de la lucha, pero también el amor y compañerismo del movimiento.

Fotografía: Laura Rivera

Eran las 11:00 de la mañana del domingo 11 de julio cuando comenzó la primera “Mercadita feminista” en el municipio de Cuautitlán. Las integrantes de la Colectiva Tlahuelpuchis y demás mujeres que se sumaron a la venta y trueque de sus productos para la mercadita, se instalaron en el parque municipal.

Pronto atrajeron las miradas curiosas de personas y vendedores que llegaban a la zona, algunos de los cuales, inconformes e incómodos con la protesta, les pidieron retirarse argumentando que el espacio era suyo y que no era justo que ellas, sin un pago previo, ocuparan el parque; sin embargo, el trasfondo de la protesta es eso, la lucha en contra de la violencia económica que se ejerce desde el momento en el que se exige el pago del suelo en el que se trabaja.

Al llegar encontrabas un ambiente lleno de alegría e iniciativa, en donde las chicas se recibían y se saludaban antes de instalarse y comenzar las ventas; entre el grito de consignas feministas, risas y abrazos la mercadita empezó a tomar forma. Ubicada en el puesto de una de las compañeras inmediatamente me sentí abrazada y aceptada por cada una de ellas.

Frente al grito de “Mujeres contra la guerra y el capital” y “La tierra es de quien la trabaja”, las compañeras ofrecían ropa, postres, maquillaje, joyería, entre otras cosas, todo hecho por ellas o, como en el caso de la ropa, de segunda mano; a precios accesibles y de buena calidad, promoviendo las actividades autogestivas en busca de la reactivación económica para las mujeres afectadas por el sistema patriarcal capitalista en donde las propias trabajadoras pagan su derecho de piso a los contratadores, recuperando así, de manera simbólica pero representativa, los espacios que nos pertenecen.

La emoción y energía de las chicas, atrajo a un grupo de payasos, quienes las animaron a bailar en conjunto, capturando la mirada de todas las personas alrededor, quienes comenzaron a interesarse por la peculiar y enérgica protesta. El ambiente se impregnaba de las voces de las compañeras, que a través de las consignas y cantos transmitían la valentía y determinación de las luchas, pero también el amor y compañerismo del movimiento.

Sin embargo, como sucede en las protestas feministas en nuestro país, no faltaron quienes, ajenos al movimiento, se acercaban a grabar, tomar fotografías y pedir a las chicas “no hablar tan feo porque se ven mal”, ante lo que la colectiva organizadora pedía que se retiraran, siguiendo un orden casi protocolario, con lo que se aseguraba la protección de las vendedoras y la calma propia de una protesta pacífica.

Alrededor de la 1:00 de la tarde comenzaron a impartirse los talleres, que se llevaron a cabo uno a uno hasta las 17:00 horas, mientras el resto de las compañeras continuaban con la mercadita, algunas cuidaban los puestos de otras, y celebraban entre aplausos y abrazos a quienes lograban alguna venta y de vez en cuando reuniéndose en pequeños grupos para platicar, compartir una bebida o alimento, y reír en medio del ambiente familiar y cálido que caracteriza a la Colectiva.

La visibilización del movimiento en el Estado es una de las principales motivaciones para realizar las mercaditas, además de lucha más que necesaria por el derecho al trabajo digno, es por ello por lo que se busca continuar con la iniciativa en otros municipios; fue lo que, con voz emocionada y decidida, me contó Sabina, una de las colaboradoras.

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Mientras pasaban las horas, las sensaciones incrementaban; no había espacio para el miedo en los rostros acalorados de las compañeras y tampoco en el ambiente. La fortaleza se adueñaba del pequeño (pero vibrante) espacio gris, ahora inundado de morado. “Me gusta que nos apoyemos entre nosotras, porque si no, ¿quién nos va a apoyar?”, me dijo Betsy, que asistió a la protesta inspirada por el movimiento, que, en sus propias palabras, “salvó su vida”.

Mientras la venta y los talleres finalizaban, las chicas comenzaron a pegar denuncias públicas, ilustraciones, consignas y frases representativas del movimiento y la protesta; las emociones alcanzaron su punto máximo cuando algunas mujeres, ajenas a la Colectiva, pero no a las luchas, se acercaron para agradecer el acompañamiento y apoyo; tiempo después, todas se unieron en un abrazo como mejores amigas, como hermanas, como si nos conociéramos de siempre; sin excluir a nadie; satisfechas con la protesta, conscientes de que aún queda una enorme responsabilidad dentro del movimiento, pero contentas y valientes, porque juntas la lucha es más grande.


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