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La Aguja Imantada

Inquebrantable

De las penumbras unos fuertes brazos la sostuvieron una vez más… como en el pasado. Ella alzó la vista y lo contempló una vez más… como en el pasado. Los rocíos se volvieron tormenta sobre su cálido plexo solar… como en el pasado.   

Diseño: Alejandro Mendoza

Eugenia Nájera Verástegui. Tampico, Tamaulipas, México. Téc. en Computación y Serigrafista. Su pasión por la música fue la principal inspiración para comenzar a escribir y capacitarse en literatura y escritura creativa.

Posee un Diplomado en Literaturas Mexicanas en Lenguas Indígenas por el INBAL. Forma parte del Colectivo Líneas Negras. Creadora del proyecto multidisciplinario «Los Portadores» y guionista del cómic «El secreto del violín». Ha colaborado en varias  antologías y revistas literarias a nivel local, nacional e internacional.

Era una noche de luna llena carmín de invierno. Esta palideció entre nubarrones de una nueva tormenta que se aproximaba desde el norte y otra desde el interior del ser que la observaba a través de su máscara. Ydrak con su gran porte, altiva y digna, estaba vestida con un largo abrigo color azul, con elegantes glifos y grecas bordadas en negro con dorado; era el oficial de su estatus. Ornamentado con el escudo de la familia con más poder en el universo: La pluma de plata de siete filamentos encapsulada en un círculo perfecto.

No obstante, por razones de seguridad, ahora solo se podía usar en ceremonias privadas. Su delicada figura estaba de espaldas al imponente inmueble de mármol negro donde solo vivía (ese no era su hogar). Sus intensos ojos azules estaban fijos en la bóveda nocturna, oyó el crujir de la nieve con los pasos firmes de los guardias, también vestidos de riguroso protocolo; a los que había ordenado escoltaran de inmediato al doctor Otrek ante su presencia en el jardín.

Este paisaje, ya no tenía el mismo color vivo del pasado. Todo estaba marchito. Muerto. Igual que su corazón al enterarse que su único y eterno amor la había traicionado. Hasta solo unas cuantas horas antes, en la habitación donde ahora estaba convaleciente su nuera. Ellos se habían enfrentado. Aritien quiso impedir que le entregara la pluma de sucesión a su pequeño hijo. Secretos y mentiras salían a la luz. Una vez más la habían dejado al margen, eso le dolió mucho. Estaba segura que pudo haber hecho algo más para salvar al que hasta solo unas cuantas horas antes había sido el líder familiar.

Con sus delgadas manos forradas de guantes noctámbulos, primero alzó la derecha. La movió firme, decisiva con la orden imperativa y concisa de que los dejaran solos. Sigilosos se retiraron a toda prisa los guardias. La luna se cubrió por completo. Su mano izquierda la abrió de golpe y soltó una pluma color violeta para lanzar una contrabarrera para que nadie los escuchara. La máscara cayó.

Su voz retumbó. Pronunció que si apreciaba un poco su miserable vida, le contara todos los detalles del plan secreto de Oraq, su hijo. Una tenue resonancia asesina tintineó en los oídos de ese hombre de ojos radiantes turquesa y personalidad serena, que era el doctor Otrek. No tuvo oportunidad de cambiar sus ropas, por eso usaba el abrigo blanco de las instalaciones médicas; pero casi podía sentir como su voz lo desgarraba y teñía de sangre ardiente su nívea piel y vestimenta.

Él le respondió que solo siguió las órdenes del jefe. Eso la enfureció y volteó como rayo con una mirada fulminante. Él no podía ver en esas tinieblas pero sentía su mirada como si fueran miles de espadas que lo atravesaban. Aceptó su culpa en toda esa catástrofe, insistió que en varias ocasiones ordenó, pidió, y hasta suplicó que hablara con ella pero su hijo no quiso escucharlo, entonces lo iba a reemplazar y para protegerlo decidió guardar silencio y así poder seguir a su lado. Se arrodilló ante ella para pedir su perdón y la llamó por su nombre. No por su título. Ella le ordenó que se levantara y lo llamó por su profesión, “Doctor”, ya no había cercanía alguna; solo un frío título. La última estocada.

Él se levantó y trató de disimular esa herida, que le dañaba más que si hubiera sido un arma filosa. Con una postura protocolar ante un superior, aunque ambos eran del mismo rango al ser parientes, siguió adelante y le presentó su informe, cuyo contenido horrorizó a Ydrak. El cambio por el que tanto luchó su hijo peligraba. Debía intervenir, hacer algo para que su muerte no fuera en vano. Sacrificios, milenios perdidos. No. No lo permitiría. El tiempo estaba en contra. Interrogó al doctor si no le ocultaba nada más. Él le dio su palabra de honor. Independiente de lo sucedido entre ellos, eso era algo de mucho poder y valor para su raza, los Arcyel, mejor dicho para los ancestrales: Su verdadero origen, secreto, que solo unos cuantos conocían, porque también era causa de muchos peligros y muertes.

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Antes de retirarse se acercó a ella, la irradiación lunar iluminó leve la zona. Extendió sus manos y apareció un hermoso cofre de madera labrado. Al instante lo reconoció, era de su tatarabuela. Lo arrebató con ambas manos. Él dio media vuelta y se alejó. Cuando lo abrió lo primero que encontró fue una pluma negra, ese tono significaba póstumo. Estaba sobre otras de varios colores. Sintió la sangre helada. En ese momento comprendió por lo que había pasado su nuera. Solo podía maldecir que rayos había hecho el idiota de Oraq a espaldas de todos. Apenas fue un roce tan leve, tan sutil, pero atravesó su guante y esta se activó al reconocer su sangre. Ante el resplandor cerró sus ojos, aun así pudo percibir en sus entrañas el absoluto cambio de lugar espacio-tiempo. Era una interdimensión.

Al abrirlos era su antiguo hogar. Antes que amor y utopía no pudieran vivir juntas. Antes que fuera destruido por la terrible guerra que trastocó y cubrió de oscuridad sus vidas. Antes que solo fueran tristes cenizas esparcidas a diestra y siniestra por el hálito de las razas malditas: orotlhadid, ukran, domelae y otras liderados por los sacerdotes oscuros, cuyos nombres le dolía y odiaba recordar, mucho menos pronunciarlas con sus delicados labios matizados de palo de rosa, sobre todo cuando fueron sometidos por la raza Calik; su líder supremo.

Antes cuando los juramentos y la palabra de honor se cumplían al pie de la letra. Primero muertos antes que mancharlos. Antes de ser obligada a casarse con el mariscal Okide, el primogénito de la familia Nidrat para poder sobrevivir. Antes donde corría descalza sobre el aterciopelado pasto color esmeralda, donde giraba a la par de los vientos y posara donde posara sus ojos celestiales solo había majestuosos paisajes naturales. Una combinación de vegetación y animales, entre ellos su flor favorita, la flor de hielo; lo único que la hacía sonreír después de aquellos desgarradores recuerdos. Parecían no tener fin, eran Eternos llenos de vida; así era el valle Durtz.

Sabía que ese lugar era muy especial para ella, y ahora ahí sus queridas flores estarían a salvo del feroz apetito de su fiel compañero de cabalgatas, Kerub, con su porte y elegancia, aunque también altivo y caprichoso. Era un perfecto ejemplar blanco de Burek, cuyo aperitivo favorito eran dichas plantas. Ella siempre lo reprendió porque no lo cuidaba bien y persistía en comerse las de su jardín. Ahora nadie las podría arrancar. Nunca.

También para él era muy importante, pues, ahí por fin logró que Aritien después de tantas angustias y sufrimientos al fin quedara embarazada de su primogénito. Además de su estatus legal de No-Arcyel, su as bajo la manga para el futuro. Sí qué era único ese lugar. Ahí se llevó a cabo el primer enfrentamiento padre-hijo, al haber desobedecido sus órdenes y atreverse a nacer ahí; cuando se adelantó el alumbramiento.

Ahí le iba a enseñar muchas cosas, sin embargo, el futuro ya no se lo permitió. Le pidió que no fuera severa con el doctor, ya que solo siguió leal sus órdenes, a pesar de no estar de acuerdo con su plan. Al parecer tenían razón, estaba muerto. En su defensa juró que nunca quiso estarlo, mucho menos ser asesinado. Sabía que su madre y esposa estaban furiosas por eso. Comenzó a caminar como león enjaulado, y evitó sus ojos.

Le preguntó si recordaba aquel regresó de uno de sus muchos viajes, aquel único día que de la nada él la abrazó. Ella trató de disimular pero era obvio que lo recordaba. En ese tiempo él ya tenía acceso a los Eternos y conoció al Dreamaster Aceirk quien lo ayudó a activar una pluma crisálida del pasado; era de su madre. Así descubrió que lo odiaba, vio toda su vida, todo lo que sufrió. Siempre fue fría y distante como la flor de hielo. Supo que mandó a Bretz para asesinarlo antes de que obtuvieran su poder. Supo que se debatía entre su deber y ser madre, por eso nunca la quiso involucrar en sus planes, para protegerla y despistar al enemigo. El creyó, No, estaba seguro que no sería él, si no ellas, las mujeres quienes hicieran el cambio que todos deseaban. Ella más que nadie merecía ese honor y gloria. Aprendió a jugar su juego para proteger a los que amaba, igual como lo había hecho su madre.

También descubrió cómo poco a poco acumuló poder, entonces cuando su temor se acrecentó sobre que quizás no podría terminar su misión, decidió que llegado el momento haría esta jugada: traspasar todo su poder, tanto de personal como de plumas al de su madre, esposa y primogénito, para lograr el cambio que tanto anhelaban y así fingió que no sabía Nada. Le reveló que escogió a Airitien por sus ojos, ambas tenían la misma mirada llena de inocencia, vivacidad y furia, por eso quería liberarlas de las ataduras que las aprisionaban.

Ahora ya sabía que su madre quería protegerlo siempre, pero no debía, no podía, cada uno tiene que hacer su propio camino y descubrir la verdad con sus propios ojos, cometer sus propios errores. Le agradeció el haberle dado las herramientas necesarias para enfrentarse al mundo y al destino cualquiera que fuese, porque le dio el mejor regalo, su ejemplo y su poder para seguir adelante. Siempre hacia adelante, a pesar de la oscuridad.

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Volvió a solicitarle que no fuera a intentar matar al doctor para sacarle información que no sabía, ya que él no le dijo su plan secreto. Ella lo miró desconcertada. Él le reveló que lo engañó, el verdadero estaba en las plumas y eternos. Ella sabría cómo descifrarlo. También que detuviera a su esposa si intentaba hacerle algo parecido. Por la expresión de su madre al intentar mirarla por el rabillo de su ojo izquierdo, confirmó que ya lo había hecho. Esa sería una larga noche. También que retirara cuanto antes a sus espías.

Cuando observó su faz indiferente, le dijo que era de urgencia o eso la delataría y perderían el factor sorpresa. Ella solo suspiró resignada. Luego le pidió que dejara la autopsia en manos solo del doctor y nadie más, confiaba por completo en sus capacidades y nada de querer ver los informes a ninguna de las dos, por nada del mundo. Eso era una orden directa e inapelable como adalid del linaje y era muy válida, pues, la había escrito antes de su muerte. Él solo deseaba que siempre lo recordaran como lo guapo que siempre fue. Hasta muerto seguía sarcástico.

Le pidió que cuidara a su esposa, para ella ha sido como su verdadera madre algo irónico a su punto de vista pero el mundo es extraño, creía que más bien se veían como hermanas, le habría gustado tener uno siempre le contaba todo y eran muy unidas, que por nada la dejara sola, que la protegiera y le diera de su fuerza. Ella tenía la propia pero con su muerte estaría devastada y por eso se atrevió a actuar sin su consentimiento, para que creciera esperanza en su ser; para asegurarse que no muriera de tristeza. También estarían furiosas por eso.

Quiso dejarle claro que no quería que se sintieran culpables, era inevitable, siempre lo supo desde que revisó todas las muertes de sus Ogunts-árboles genealógicos de su descendencia- pero le juró que sería la última; esta nueva estrategia no fallaría. Serían libres para exteriorizar al fin sus alas hacia la infinita eternidad, como lo hacían milenios atrás donde sus ojos estaban llenos de anhelos. Ellas eran reinas no esclavas. Le dolía ver que su madre ya no era como antes alegre e inocente.

Era severa, calculadora, insensible, pero ahora lo comprendía mejor, no era nada fácil vivir entre dos guerras para sobrevivir. No. Para protegerlo, a pesar de no ser el hijo perfecto que ella deseaba tener con el doctor. Hacía mucho que sabía esa verdad. Le había juzgado mal todos éstos años pero cuando en uno de los muchos incidentes donde fue atacado y ella lo protegió, confirmó que lo amaba. Luego su padre se sacrificó para salvarla a ella, a pesar que nunca logró ganarse un poco de su amor.

Aunque supo que se habían perdonado antes de que también fuera asesinado, eso le proporcionó cierto alivio, toda la vida los había visto siempre discutir y a veces hasta enfrentarse. Tantas muertes, tantos sacrificios inocentes por lo que hay en su sangre, por lo que hay en su linaje ancestral. Apretó sus puños ante la frustración de haber fallado.

Ahora sabía que no hay que juzgar, criticar o etiquetar. Los Calik les habían hecho creer con sus falsas creencias que debían ser madres. No, no todas pueden serlo, no todas tienen las herramientas necesarias porque desde milenios atrás han vivido atados por el poder de sus palabras que los sometió. Debía reconstruirse todo para forjar nuevos seres con valores, si no los llevaría a la destrucción.

Se había causado mucho daño, ahora se daba cuenta que hicieron lo que hicieron porque no tuvieron lo conocimientos necesarios, al igual que todos sus antecesores desde ahí venía el mal. Ahora que lo había vivido en carne propia, recordó las sabias palabras del tatarabuelo: «trabajar en uno mismo, en su ser, emociones, en una mejor educación, costumbres, creencias, en todo para lograr el cambio y salvar nuestro mundo. Si uno está bien, todos lo estamos».

Ahora sabía que las verdaderas madres son inquebrantables, ahora sabía que lo amaba aunque nunca la oyó o con sus actos le hiciera sentir eso. Todo a causa de los estrictos cánones para poder sobrevivir. No para vivir. No para ser felices. Le volvió a pedir que perdonara a Otrek. Ydrak ya había perdido la cuenta de cuántas veces lo había mencionado. Al parecer se había convertido en su abogado defensor. Él le contó que gracias a su arduo trabajo podrían velar su cuerpo.

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El sería el primero en generaciones que tuviera ese privilegio, de nuevo mencionó que lo había obligado a seguir sus órdenes, insistió que él solo lo apoyó y siempre en contra de su voluntad, pero ahora ya había sido liberado de su lealtad. Con el cambio inevitable en las siguientes alboradas que estaban por venir podrían reconstruir sus vidas, juntos, después de tantos milenios de espera. Miró su antiguo reloj de bolsillo, alzó sus gruesas cejas rubias.

Al fin se detuvo y sus rizos danzaron, volteó y la tuvo de frente. Se acercó lento hacia ella, tomó entre sus manos las suyas y le mostró una gran sonrisa. ─Madre, el tiempo es lo más escaso, valioso y preciado que tenemos, aun para nosotros los ancestrales─ se alejó a paso veloz, pero luego dio media vuelta intempestiva, colocó un beso sobre su mejilla izquierda y la abrazó con fuerza. ─Se feliz mamá.

El viento susurró. Ydrak regresó al jardín, ahora también escarchado por diminutos rocíos de sal. Como en el pasado… cubrió su faz con la horrible máscara fúnebre, luego colocó con elegancia el terrible cendal negro para ingresar al inmueble había mucho por hacer. Ahora más que nunca debía convertirse en una fortaleza inquebrantable, para proteger a sus pueblos de los buitres, serpientes y hienas que hasta en solo unas cuantas horas más tocarían afables a su puerta.

Transitó unos cuantos pasos, no obstante, se desplomó sobre sus rodillas al crujiente y frío terreno inmaculado. De las penumbras unos fuertes brazos la sostuvieron una vez más… como en el pasado. Ella alzó la vista y lo contempló una vez más… como en el pasado. Los rocíos se volvieron tormenta sobre su cálido plexo solar… como en el pasado.   


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