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Entrevista: Huelga de hambre por cambio climático

Si carecemos de tiempo y recursos desbordemos en creatividad y alegría para encontrar en la crisis oportunidades de cambio.

1. ¿Qué te motivó a iniciar una huelga de hambre?

Recuerdo haber tenido una profunda y desquiciante impotencia. No podía evitar sentir que nos estamos envenenando con el aire que respiramos, que enfermamos con alimentos que cada vez nutren menos pero se producen y distribuyen con más violencia, que traer vida a este mundo era condenarla a los horrores cada vez más certeros de un futuro de escasez y desigualdad. El cerebro se me partía en dos al estar frente a la abrumadora cantidad de evidencia de los riesgos que implica rebasar los límites planetarios del sistema Tierra mientras las inercias sociales, políticas y económicas no sólo no cambian de trayectoria, sino que se empeñan en acelerarnos al desfiladero. Pero sobre todo —ya con unos años de distancia— me queda claro que mis acciones estuvieron motivadas por la soledad y la desesperación de no haber encontrado hasta ese momento los espacios de lucha, de cuidados, de reflexión y de construcción colectiva necesarios para poder enfrentarnos al colapso ambiental y civilizatorio. No lograba comprender que estos procesos están repletos de oportunidades para reformular las relaciones que nos han conducido hasta este punto y que nos permiten entender nuestra propia potencia —así como nuestras limitaciones— para explorar otras formas de habitar el mundo y dejar que el mundo y sus contradicciones nos habiten.

2. ¿Qué mujeres te han inspirado que hayan realizado actos de desobediencia civil?

He llegado a pensar que narrar la historia a través de las decisiones y acciones individuales nos priva de entender las condiciones en las que estuvieron inscritas, los acomodos de fuerzas a los que esas personas se enfrentaron y las redes que lograron que una acción fuera (o no) exitosa según sus propios criterios. Esta invisibilización termina siendo peligrosa, pues nos lleva a pensar que el impacto, la trascendencia y la viabilidad de una acción es cuestión de voluntad, de buenas intenciones. A su vez, esto nos hace perder de vista la enorme cantidad de trabajo necesario para que un acto de desobediencia civil vaya más allá de lo simbólico, de lo conmovedor, de lo memorable y se convierta en un catalizador de otros procesos de largo alcance. Muchas veces ese trabajo consiste en entender que lo que más quisiéramos hacer no necesariamente nos acercará a eso que buscamos, aunque la inmediatez nos reconforte al sentir que hacemos algo, tomamos partido, no nos es ajeno.

Habiendo dicho lo anterior, me parece importante nombrar y reconocer la inmensa valentía y lucidez de quienes dedicaron y siguen dedicando su vida y obra a la defensa de la vida misma, siempre reivindicando los procesos colectivos como algo central en sus decisiones. Me vienen a la mente Rosa Luxemburgo, Marielle Franco, Gioconda Belli, las hermanas Mirabal, Francia Márquez, Angela Davis, Emma Goldman y las inclaudicables madres de la Plaza de Mayo, que como bien señalan Edvaldo Nabuco y Paulo Amarante, a través de su desobediencia civil llegaron poner de cabeza la noción de cordura. Para un mundo puesto de cabeza, su locura reside en asumir el coraje de denunciar, en pleno régimen militar, el secuestro y la desaparición de cerca de 30 mil personas que luchaban contra la dictadura o que simplemente quedaron atrapadas en sus jaloneos y despliegues de poder. En exigir la reaparición con vida de los miles de militantes, cuando toda la sociedad sabía que habían sido ejecutados sumariamente, muchos de ellos arrojados en alta mar. Y finalmente, al no aceptar ningún tipo de indemnización ni compensación financiera por parte del Estado sostuvieron ante el cinismo capitalista que “la vida ¡no tiene precio!” y convirtieron esa convicción en una consigna ensordecedora.

3. ¿Consideras que existen brechas de género al realizar actos de desobediencia civil? ¿Cuáles son las ventajas o desventajas que tienen los hombres y las mujeres al realizar actos de desobediencia civil?

Existe una gran cantidad de asimetrías en las consecuencias de cualquier acción que hagamos dentro del entramado social. Género, racialización, cuestiones económicas, la latitud desde donde se actúa, la escolaridad… la lista es larga, tan larga como la diversidad misma de los humanos, ya que nuestras estructuras tanto estatales, como las que llegan a rebasarlo son heterogéneas en sus tratos hacia estas diversidades. No enfrenta los mismos riesgos una  defensora territorial indigena en el sur global que alguien que se manifiesta desde una urbe europea en donde una detención difícilmente termina en una desaparición. Un análisis interseccional nos ayuda a entender que el resultado de habitar una matriz de violencia siempre será más que la suma de sus partes.

Como mujeres, y en particular como mujeres en un país azotado por una aguda crisis de feminicidios y desapariciones, en donde los espacios de organización política no escapan al bagaje patriarcal en sus dinámicas internas, nos enfrentamos a la necesidad de mantener la guardia aún en donde quisiéramos encontrar refugio y camaradería. Las pedagogías de la crueldad —que (mal)educan a los cuerpos encargados de mantener el orden— llevan a que los castigos sobre mujeres y cuerpos feminizados que se atreven a ser disruptivos se ejerzan mediante violencia sexual, además de las que ya emplea «de cajón». Incluso, en cuestiones más sutiles y no por eso menos problemáticas, las mujeres siguen teniendo que sortear una gran cantidad de obstáculos para poder participar políticamente al ser señaladas como “malas madres” o “egoístas” si acaso sus decisiones las llevan a ocuparse en algo más que los cuidados del hogar y de los varones con los que comparten vida. No solo eso, sino que quienes terminan la mayoría de las veces dando acompañamiento y contención posterior a actos de desobediencia civil son las mujeres, pues se sigue asumiendo que los cuidados son nuestra responsabilidad, y debemos hacerlo como mandato incuestionable, a pesar del desgaste que implica que no haya una rotación de estas atenciones.

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Por último, creo que a pesar de haber claras diferencias en las formas en que los dispositivos moldean a todo aquello que incide sobre los cuerpos que desobedecen —y a los cuerpos mismos— nadie sale ileso. Gracias a sus propios procesos de mutilación emocional a través de la socialización, los varones se vuelven en extremo vulnerables por no poder procesar las emociones que surgen a la hora de encontrarse en distintos espacios de confrontación con quienes ejecutan ese “orden”. Eso rápidamente los puede llevar a estados de generación de trauma e interiorización de prácticas violentas. Quienes actúan desde urbes y han tenido el infortunio de crecer desterritorializados y envueltos en narrativas de resistencia individual, se enfrentan a la hidra sin una red de apoyo y contención. Incluso el tomar postura desde lógicas demasiado académicas o teóricas termina privando a las personas de poder entender los espacios de lucha como terreno fértil para la celebración de la vida, lo que hace de la resistencia una experiencia de desgaste y martirio que rápidamente se vuelve insostenible.

4. Qué aprendiste de esta experiencia? ¿Lo volverías a hacer? ¿Qué consejo le darías a las mujeres que quieren realizar actos de desobediencia civil ante el colapso climático?

Aprendí que una de nuestras mayores vulnerabilidades es la ignorancia histórica, que esta ignorancia no es accidental y que es resultado de una visión demasiado lineal de procesos de gran complejidad. Que simplezas hollywoodenses de “los buenos vs. los malos” no solo nos impiden problematizar los orígenes y alcances de las tendencias que estamos buscando modificar o revertir, sino que desarticulan las posibilidades de encontrarnos desde lo común, desde el cariño, desde el reconocimiento de  nuestras contradicciones y desde lo confuso que es atrevernos a cuestionar qué es ser humano. Que es importante nutrir redes amplias y diversas de personas con problemáticas particulares para compartir y  aprender de sus experiencias, para poder plantear propuestas locales que hagan ecos en lo global. Aprendí a reivindicar la importancia de las acciones cotidianas, cuando se ejecutan a partir de compromisos colectivos, orientados, reflexivos y autocríticos. Que hay mucho que explorar y construir más allá de las acciones estruendosas y llamativas (que por supuesto que tienen cabida, pero deben dejar de sobredimensionarse y guiar la narrativa de lo que significa desobedecer).

En un mundo cada vez más ahogado en gritos, es necesario aprender a escucharnos, a buscar y construir proyectos que ya no apuesten por “conmover a los líderes para que tomen buenas decisiones”,sino que redoblen esfuerzos en la creación de condiciones materiales que atiendan nuestras diversas realidades; que nos lleven a ser resilientes y proactivos ante los desafíos que vendrán y los que ya estamos enfrentando. Para poder hacer esto, los cuidados, la crítica cariñosa y la ternura radical deben estar al centro de nuestros procesos.

No me arrepiento, pero no lo volvería a hacer. Mis inquietudes siguen tan vigentes como el día en que decidí hacerlo —incluso me atrevería a decir que aún más—, pero mi forma de abordarlas ha cambiado radicalmente. Estoy convencida de que al asumir un compromiso con la defensa de la vida, tenemos la responsabilidad de desobedecer cualquier ley u orden que atente contra ella —contra la posibilidad de transitarla dignamente—. Al mismo tiempo, creo que hay que honrar lo que representa el poner el cuerpo en la línea y eso vuelve del medio un fin en sí. Es en la disolución de esa línea que queda preguntarnos: ¿qué buscamos?, ¿con quiénes lo estamos construyendo?, ¿qué estamos dispuestos a hacer (y a no hacer) para lograrlo? ¿Cómo podemos vacunarnos contra sesgos que nos impiden reconocer cuando erramos y cómo podemos abrazar nuestros procesos y adaptarlos cuando sea necesario sin atorarnos en un todo o nada?

A quienes tienen la inquietud, o sienten la necesidad, de poner el cuerpo en distintas acciones de desobediencia civil les aconsejaría generar una relación muy íntima con su propio escepticismo. Desconfiar de soluciones que presenten como absolutas, de propuestas que no dejen espacio para la duda, la reflexión y el reacomodo. Hacer una constante labor de exploración honesta de sus motivaciones, expectativas, limitaciones, del balance de fuerzas en el que se encuentren, de las alternativas poco exploradas pero muy creativas que podrían comenzar a tener un papel más central, incluso de darse chance de hacer algunas cosas intrépidas (siempre teniendo en cuenta protocolos de seguridad) por ser también ésa una forma de acercarse al caleidoscopio social que surge del encuentro de distintas voluntades que buscan un espacio común desde donde accionar.

Encontrar lo común con lo distante y en lo similar, las diferencias que nutren. Desmenuzar conceptos como la (des)obediencia, problematizar qué es lo civil, mapear la historias detrás de actos de desobediencia icónicos y por qué algunos han tenido tanta visibilidad mientras otros se han tratado de enterrar. No perder de vista la inmensa capacidad adaptativa de los sistemas más atroces para asimilar y coptar acciones que en su momento pudieron haber sido disruptivas. Sobre todo, no caer en la desesperanza, si carecemos de tiempo y recursos desbordemos en creatividad y alegría para encontrar en la crisis oportunidades de cambio.

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