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Líneas y realidades

Siempre será cuestión de tiempo

Una reflexión sobre la tragedia en Teotihuacán

El tirador de Teotihuacan, México
Líneas y realidades, la columna de Omar Rodríguez

Cuando la noticia apareció en las pantallas, no pude evitar el asalto de las preguntas de siempre: ¿qué habita en la mente de alguien antes de desatar una tragedia? ¿Es el residuo de una infancia rota, una deuda pendiente de la sociedad, o como se ha sentenciado en el reciente caso de Julio César Jasso en Teotihuacán, un trastorno mental severo que desdibuja los límites de lo real?

La respuesta es que no hay una sola respuesta. Y esa ambigüedad es exactamente lo que nos impide actuar.

La tentación es agruparlos. Federico Guevara, en 2017, llegó al Colegio Americano del Noreste cargando una depresión sin contención y un arma que mostró a sus compañeros antes de disparar. Osmer H., en Michoacán, subió fotos a redes sociales posando con un AR-15 frente al espejo; no actuaba desde un delirio psicótico sino desde un odio de género construido y alimentado durante años, proyectado en las mujeres que tenía cerca. Julio César Jasso vivía en un delirio donde recibía órdenes de entidades de otro mundo y portaba una imagen generada por inteligencia artificial donde aparecía junto a los perpetradores de Columbine, una validación visual de su propia oscuridad.

Tres perfiles. Tres causas raíz distintas: enfermedad mental sin tratamiento, ideología misógina radicalizada, y comunidades digitales que glorifican la violencia de masa. Meterlos en el mismo cajón del «aislamiento» no solo es impreciso, es peligroso, porque nos lleva a buscar una sola solución donde se necesitan tres intervenciones diferentes.

Lo que sí comparten es esto: hubo señales. Y nadie las tradujo en acción.

Leo el testimonio de Mariana, excompañera de Julio. Recuerda a un joven racista, clasista y xenófobo. Y menciona algo que me heló la sangre: en el salón bromeaban con que él «tenía la vibra de alguien capaz de un tiroteo». Nadie creyó que fuera real. Sus vecinos lo recuerdan iracundo, radical, con «ideas extrañas». Y yo no puedo evitar preguntarme: ¿qué veía su familia en el desayuno, en los silencios de la cena?

El problema no es solo que nadie actuó. Es que nadie sabía a dónde ir si hubiera querido hacerlo.

En México no existe un protocolo claro y accesible para que un maestro, un vecino o un familiar reporte una conducta que les preocupa sin que eso signifique criminalizar a alguien o destruir una relación. No tenemos una línea de intervención temprana en salud mental escolar con cobertura real. No tenemos equipos de valoración de amenazas en planteles educativos, como sí existen en otros países. Lo que tenemos es el instinto de no involucrarse, reforzado por años de desconfianza institucional completamente justificada.

Aquí quiero ser honesto sobre algo que me incomoda de mi propio argumento inicial: pedir a la gente que «reporte lo anormal» sin definir qué significa eso ni garantizar que el sistema que recibe ese reporte no va a criminalizar la diferencia, es una trampa. La rareza no es peligrosidad. El aislamiento no siempre precede a la violencia. Y una sociedad que aprende a vigilarse a sí misma con miedo puede hacer tanto daño como el que pretende prevenir.

Lo que necesitamos no es más vigilancia. Es más contención.

Líneas y realidades, la columna de Omar Rodríguez

Tres cosas concretas que sí podemos exigir

Primera: protocolos de salud mental en escuelas con personal capacitado, no solo buzones de quejas. Orientadores que sepan distinguir entre una crisis de ansiedad, un cuadro disociativo y una conducta de riesgo real, y que tengan a dónde derivar cada caso.

Segunda: regulación y responsabilidad para las plataformas digitales donde se forman y alimentan comunidades de glorificación de la violencia. El caso de Jasso con la imagen de Columbine no es un detalle anecdótico: es una pista sobre ecosistemas enteros que radicalizan en silencio. Eso requiere política pública, no solo conciencia individual.

Tercera: acceso real a psiquiatría y psicología para familias que no pueden pagarla. La mayoría de los casos que terminan en tragedia tienen en común no la maldad, sino la falta de intervención oportuna en un sistema de salud mental que en México sigue siendo privilegio de quienes pueden pagarlo.

Me asusta que hayamos normalizado tanto la violencia en México que estos temas se queden en el análisis superficial del morbo y no lleguen a la mesa de la prevención. Que la próxima Mariana tampoco sepa a dónde ir con lo que sabe. Que la próxima familia tampoco tenga con quién hablar sobre el hijo que los preocupa.

Mientras la salud mental siga siendo tabú y no tengamos infraestructura real para intervenir antes del daño, seguiremos llegando tarde. Y llegar tarde, en estos casos, significa llegar al luto.

La pregunta no es si habrá una próxima tragedia. La pregunta es si habremos construido, para entonces, algo más que silencio. Por de ser así, siempre, siempre será cuestión de tiempo.


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Maestro en Mercadotecnia y licenciado en Comunicación, apasionado por la comunicación política digital. Escribo —de vez en cuando y con café en mano— sobre temas sociales y específicos que encuentro en mis lecturas.

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