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Líneas y realidades

Hombres en crisis y una misión empolvada

Viajaba de copiloto dejando Tula, rumbo a Real de Utzumatlán, Michoacán cuando…

La columna de opinión de Omar Rodíguez
La columna de opinión de Omar Rodíguez

El viaje, el duelo y la reflexión

Viajaba de copiloto dejando atrás mi querida y natal Tula de Allende, rumbo a Real de Utzumatlán, Michoacán. Íbamos a despedir a la sobrina de mi abuela materna. Una vida que se apagó y, otra vez, la familia emprendiendo camino, como tantas veces, para acompañar el dolor y sostener lo que aún respira en los nuestros, en los que se quedan.

Real de Utzumatlán no es un pueblo mágico ni un lugar para turistas. Es un lugar detenido en el tiempo, humilde y hermoso, pero rodeado de una tensión que se siente en el aire. Bloqueos carreteros, vehículos incendiados, territorios disputados en una guerra que la gente de ahí no pidió.

Nos recomendaron no viajar de noche, llevar gasolina suficiente y el teléfono cargado al cien.

Empaqué lo necesario para un día y para un lugar sin señal: una consola portátil, mis audífonos y un artículo que había guardado hace tiempo en mi teléfono sobre la importancia de involucrar a hombres y niños en la prevención de la violencia.

Ahí, en medio de la inseguridad y del duelo familiar, ese texto comenzó a hacerme ruido.

Porque pensar en la vida y su efimeridad desde el asiento del copiloto, sabiendo que al otro lado del parabrisas puede quebrarse sin aviso, obliga a reflexionar.
¿Qué significa ser hombre en una sociedad donde el miedo se hereda igual que el apellido?
¿En qué momento confundimos la fuerza con la ira y el deber de proteger con el deseo de dominar?

Creo que el hombre es más que su ira y más que las heridas que no sabe nombrar. Somos más que la ira mal enseñada, más que las emociones empolvadas que no nos han permitido ver con claridad. O al menos eso pienso mientras la carretera avanza y la razón intenta reconciliar lo que fuimos, lo que somos y lo que deberíamos ser.

El machismo también hiere a los hombres

Sentí la necesidad de escribir esta reflexión en medio de tanta crueldad que atraviesa nuestros días, porque algún día tendré hijos y no quiero que uno de ellos se encuentre frente a un maltratador, un feminicida o un abusador sexual. El peligro no está lejos, está más cerca de lo que uno imagina. Lamentablemente, yo lo sé.

Te sorprendería, querido lector —y por si acaso, querida lectora— descubrir que el machismo no solo hiere a quienes lo sufren directamente. También nos atraviesa a nosotros, los hombres. Nos cobra un precio muy alto.

Sí, en un sistema patriarcal como el nuestro el hombre goza de privilegios. Nadie lo niega. Pero cada “ventaja” trae consigo una factura emocional, social y psicológica que rara vez reconocemos. Porque callamos. Porque así nos enseñaron. Porque así se supone que debe ser.

Y es importante decir que una conducta machista no es biológica, no es natural. Se enseña y se aprende. La periodista Lydia Cacho lo llama una “estrategia educativa” porque se inculca desde la infancia.

A los hombres se nos ha entrenado para dominar. A las mujeres, para obedecer. Ese ha sido el molde. Ese ha sido el guion.

«Hace miles de años, el poder se conquistaba principalmente mediante la violencia física, y se mantenía con la fuerza bruta. No había necesidad de sutileza: un rey o emperador debía ser inmisericorde.

Sólo unos cuantos selectos tenían poder, pero en este esquema de cosas nadie sufría más que las mujeres. No tenían manera de competir, ningún arma a su disposición con que lograr que un hombre hiciera lo que ellas querían, política y socialmente, y aun en el hogar.»

Robert Greene, El arte de la seducción

Así crecimos. Con la idea de que mostrar lo que sentimos debilita y que la violencia afirma. Que el mundo se conquista a la fuerza y no con palabras. Y cuando no damos la talla del héroe impuesto —ese que la sociedad dicta que un hombre debe ser— nos quebramos por dentro, en silencio, sin siquiera saber cómo pedir ayuda.


Donde empieza la violencia

Porque la violencia no comienza cuando alguien ejerce imposición contra una mujer o contra el más vulnerable. Empieza antes.
Empieza con un padre que corrige a golpes.
Con un niño que aprende que para ser respetado hay que endurecerse, aunque por dentro se esté pudriendo.

Brian Tracy afirma que un adulto disfuncional es el resultado de una infancia disfuncional. Yo añadiría algo más: una persona que nunca aprendió a identificar y gestionar sus emociones termina aprendiendo, tarde o temprano, a herir. Las emociones son como agua en un contenedor, llega un momento en que se tiene que derramar.

Y ese es el costo más alto que pagamos en ese sistema: nos roba la posibilidad de ser humanos completos.

El primer acto de violencia que comete el hombre no es contra los demás, sino contra sus propias emociones. La represión emocional y el mandato de dureza alimentan la violencia interpersonal.


El precio de callar

Ser hombre tiene un costo elevado en forma de represión emocional, presiones de desempeño y riesgos para la salud al intentar cumplir con los estándares que “ser hombre” nos exige.

Mauricio Zabalgoitia explica que el sistema patriarcal impone una norma silenciosa: muchos hombres no nos permitimos externar nuestras emociones. Las guardamos como si fueran un riesgo. Y en ese conflicto terminamos controlando a nuestra pareja, descuidando nuestro cuerpo y rompiéndonos por dentro cuando no alcanzamos los mandatos de siempre: proveer, rendir, no fallar, nunca romperse.

Las cifras del INEGI son contundentes. En 2022, la tasa de suicidio en hombres fue de 10.5 por cada 100 mil, frente a 2.3 en mujeres. Pero cuando se pregunta quién se sintió deprimido recientemente, muchas más mujeres lo reconocen.

¿Raro? Tal vez no.
Los hombres callamos mejor de lo que pedimos ayuda.

Zabalgoitia lo resume con claridad: la necesidad de demostrar fuerza y poder nos empuja a arriesgar la vida, a normalizar hábitos que nos dañan y a vivir como si no pudiéramos quebrarnos nunca.


Riesgo, cuerpo y masculinidad

De acuerdo con la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición 2018, alrededor del 80% de los hombres en México ha consumido alcohol al menos una vez. Y cuando estas conductas se vuelven costumbre, la consecuencia es inevitable: más imprudencia, más exposición, más accidentes.

No es casualidad que, en 2022, el 76.98% de las muertes por accidentes correspondieran a hombres. Como si “ser hombre” también se midiera en quién aguanta más… aunque se esté poniendo en riesgo.

Bell hooks advierte que las emociones que se salen del rango “permitido” suelen ser empujadas al territorio de lo femenino. Y en una cultura donde lo femenino ha sido históricamente devaluado, eso implica algo concreto: deben reprimirse para poder demostrar hombría.

El resultado es peligroso. Los hombres que se adhieren firmemente a ideologías masculinas tradicionales tienen más del doble de probabilidades de intentar suicidarse que aquellos con perspectivas más igualitarias.

No se trata solo de hombres que no saben identificar emociones complejas, sino de hombres entrenados para mutilar su mundo emocional. Y esa desconexión no se queda dentro: se filtra hacia afuera en forma de violencia y dominación.


Sentir sin desbordarse

El problema no es la emoción. Es el desborde.

A los hombres se nos permite sentir solo mientras conservemos el control. Podemos estar molestos, pero no devastados. Alegres, pero no exultantes. Tristes, pero no rotos. Cuando la emoción nos rebasa, dejamos de ser vistos como fuertes.

Y en una cultura que decidió que la debilidad es sinónimo de lo femenino, cualquier emoción intensa se convierte en una amenaza a la identidad masculina.

Lo digo también desde la experiencia. No sé si es mi esencia o si fueron los caminos de la vida los que me moldearon, pero soy reflexivo, introvertido y emocional. Me sé sensible. Hay cosas que no solo me tocan: me atraviesan, me parten un poco, me dejan huella.

En una de mis relaciones me abrí por completo. Mostré lo que sentía, hablé desde mis dudas y mis inseguridades. Creí que la honestidad bastaba. Después aprendí que la honestidad emocional sin firmeza puede leerse como inestabilidad.

No me avergüenza haber sido sensible. Me avergonzaría no haber aprendido nada de esa experiencia. Sentía desde lo más honesto del corazón, sí, pero todavía no sabía sostenerme con la misma fuerza con la que intentaba sostener a alguien más.

Con el tiempo entendí que no basta con tener buen corazón; también hay que proyectar seguridad, dirección y templanza. Sentir no está peleado con el carácter. Se puede ser empático sin perder el eje. Abrir el corazón no significa entregarse sin límites.

Tiempo después ella volvió a buscarme. Pero para entonces yo ya había cambiado y aprendido. Hay trenes que pasan una sola vez, y cuando se dejan ir, se dejan ir. No la culpo. Tal vez simplemente no encontró en otros lo que alguna vez hubo en mí. A veces uno aprende el valor de algo cuando ya no está disponible.

Hoy sigo siendo un hombre que siente con intensidad, pero también uno que se mantiene firme. La fortaleza no es endurecerse, sino tener dominio de uno mismo. Y parte de ese dominio es saber que no se ocupa un lugar donde no te eligieron primero. Porque el amor propio también implica saber cerrar la puerta con serenidad.

Así que, sentir intensamente no significa vivir desbordado.

Debemos reconocer cuando “nos está llevando la chingada”, pero sin sentirnos con el derecho de romperlo todo ni a desquitarnos con los demás, que no tienen la culpa de nuestros malos días. Aprendamos a sentir tristeza sin instalarse en la desesperanza, a reconocer el enojo sin volverlo violencia, a aceptar el dolor sin dejar que gobierne nuestros actos.

Nuestras emociones están ahí para ser sentidas, pero no para dominar nuestra vida, ni cegar nuestra visión, ni robar nuestro futuro, ni apagar nuestra energía, porque al momento de hacerlo, se volverán tóxicas.

Bernardo Stamateas

La caja de la masculinidad

Distintas organizaciones han investigado lo que hoy se conoce como la “caja de la masculinidad”, pero en esta ocasión me enfocaré en el estudio realizado por Equimundo, un centro dedicado a masculinidades y justicia social, en colaboración con AXE.

En 2017 llevaron a cabo una investigación sobre el estado de la masculinidad en México, Estados Unidos y Reino Unido, con el objetivo de visibilizar y ayudar a desmontar las presiones y etiquetas dañinas que pesan sobre los hombres jóvenes en todo el mundo. Porque, al final, un mundo en el que los hombres logran salirse de ese “encajonamiento” no solo es mejor para ellos, sino también para las mujeres y para la sociedad entera.

AXE asumió este reto bajo la premisa de que liberarse de esa caja no es algo que los jóvenes puedan hacer solos. Y coincido profundamente. A muchos hombres se nos dificulta pedir ayuda. Por eso, crear y sostener redes de apoyo no es una opción idealista, es una necesidad urgente.

La caja de la masculinidad se refiere al conjunto de creencias transmitidas por padres, familias, medios de comunicación, amistades, parejas y la sociedad en general, que presionan a los varones para comportarse de una manera “aceptable”.

Pero, ¿cuál es exactamente esa forma en que “debe” actuar un hombre?

Para responderlo, la investigación construyó una escala basada en 17 mensajes organizados en 7 pilares. Confieso que, desde un punto de vista muy personal e ideológico, solo coincido con dos de ellos —y más adelante explicaré por qué—. Estos son:

Autosuficiencia – No pedir ayuda, no hablar de emociones
Ser fuerte – Ocultar miedo, mostrarse duros siempre
Atractivo físico – Verse “bien” como requisito de éxito
Roles masculinos rígidos – El hombre provee; el hogar es cosa de mujeres
Heterosexualidad y homofobia – Lo gay como amenaza a la hombría
Hipersexualidad – Siempre querer sexo, muchas parejas
Agresión y control – Violencia y dominio como formas de respeto

Estos mensajes siguen muy presentes en los tres países, aunque México muestra niveles ligeramente menores en varios rubros.

Algunos hombres consiguen desmarcarse de las presiones sociales más rígidas que dictan cómo “debe” vivirse la masculinidad, pero muchos otros terminan adoptándolas sin siquiera cuestionarlas. Es una herencia silenciosa: se rechazan ciertas ideas, pero se conservan otras que pesan igual o más.

Entre los jóvenes de los tres países estudiados hay un avance evidente: la mayoría ya no respalda la idea de que los hombres sean superiores a las mujeres, ni cree que el cuidado de los hijos sea una tarea que no les corresponda. Ese cambio importa, y mucho. Habla de generaciones que empiezan a mirar la igualdad no como amenaza, sino como sentido común.

Sin embargo, la dureza emocional sigue siendo un mandato casi intocable. La consigna de “aguantarse”, de no mostrarse vulnerable, de reprimir lo que duele, continúa profundamente arraigada. Se ha soltado parte del discurso del poder, pero no el de la coraza.

Sí, se ha avanzado. Los hombres caminan hacia relaciones más equitativas y roles más compartidos. Pero todavía queda un tramo largo por recorrer: liberarse de esas normas invisibles, las que no se ven ni se mencionan, pero que siguen enseñando que sentir es debilidad y callar es fortaleza. Y mientras esa idea siga viva, la caja seguirá cerrada, aunque ahora tenga mejor decoración.


Carácter y responsabilidad

Desde el inicio advertí que mi postura frente a la llamada caja de la masculinidad es personal, incluso ideológica. No nace de una teoría académica, sino de lo que aprendí en casa, de los ejemplos que vi crecer frente a mí y de las convicciones que he ido formando con el tiempo.

Hay dos rasgos de esa “caja” con los que sí coincido, aunque no en la forma rígida en que suelen plantearse.

El primero es el forjar carácter. Pero no hablo del carácter duro, explosivo o dominante que muchos confunden con ser fuerte. Hablo de un carácter sereno, firme y amistoso, capaz de mantenerse en pie ante las circunstancias aleatorias de la vida sin necesidad de imponerse sobre nadie. Marco Aurelio describía esta fortaleza de una manera que me parece profundamente vigente:

“El dominio de sí mismo y no dejarse arrastrar por nada; el buen ánimo en todas las circunstancias… la moderación de carácter, dulce y a la vez grave.”

Marco Aurelio, Meditaciones

Para mí, la verdadera fuerza está en el dominio de uno mismo: en saber contener la ira, en no dejarse arrastrar por impulsos, en tener control sobre las propias emociones para poder responder con templanza a lo que venga. Porque quien no se gobierna a sí mismo, difícilmente puede hacerle frente al mundo con claridad.

La emoción que desemboca en la violencia no es señal de poder, sino de pérdida de control. La serenidad, en cambio, es una forma de firmeza interior. Por eso también afirma:

“Las faltas cometidas por concupiscencia son más graves que las cometidas por ira. Porque el hombre que monta en cólera parece desviarse de la razón…”

Marco Aurelio, Meditaciones

Es decir, cuando perdemos el dominio de nuestras emociones, nos apartamos de nuestra mejor versión. Para mí, ese autocontrol —esa capacidad de mantenerse firme sin violencia— es una forma elevada de lo que es ser fuerte.

Esa fortaleza interior también se traduce en responsabilidad. Y ahí aparece el segundo rasgo con el que coincido: el valor de proveer. No como una imposición ni como una medida de superioridad, sino como una forma de compromiso. Asumir, en la medida de lo posible, el peso de sostener, cuidar y aportar estabilidad es también parte de cumplir con el papel que uno decide desempeñar en su entorno. Como recordaba el propio emperador Marco Aurelio:

“He despertado para cumplir la tarea propia de un hombre.”

Marco Aurelio, Meditaciones

Proveer, entonces, no es dominar, es responder al deber que uno elige asumir dentro de su familia y su comunidad.

Hoy existen relaciones donde todo se construye en un esquema 50/50, y eso está bien. También existen hombres que desean asumir una mayor responsabilidad económica y parejas que están de acuerdo con ello, y eso también es válido. Y también hay mujeres que son quienes proveen, que sostienen el hogar o aportan la mayor parte, y eso es igualmente digno y respetable. Cuando el acuerdo es mutuo, consciente y nace del bienestar de ambos, no hay un modelo “correcto” universal, sino dinámicas que funcionan para quienes las viven.

Al final, no se trata de imponer un modelo único, sino de encontrar acuerdos sanos.

Si tu expectativa es encontrar a alguien que quiera construir en 50/50, qué bueno. Si tu objetivo es encontrar una pareja con la que puedas ejercer el rol de proveedor y ambos estén de acuerdo, también qué bueno. Al final, solo espero que encuentres a alguien que comparta tu visión, que te haga feliz y que esa persona también sea feliz contigo dentro de ese acuerdo.

Así que, no seas tan duro contigo mismo, date el permiso para equivocarte, enfadarte y llorar. También para sentir rabia y enojo, y para perdonarte, sanarte, recuperarte y ser feliz.

Que nuestro destino sea la superación, el amor, la dicha y la vida abundante.


Una misión empolvada

No pretendo dar un sermón sobre la deuda que el hombre tiene con la sociedad. No me interesa jugar al moralista. Lo que sí me mueve —y lo digo con toda intención— es elevar la conciencia: volver a mirar nuestra misión más básica, más antigua, más biológica… proteger.

No sé cuándo dejamos de proteger a los nuestros y comenzamos a herirlos. No sé en qué momento se nos torció el instinto. No quiero generalizar, pero sería absurdo fingir que no ocurre: en demasiados casos, así es.

Por eso hoy te digo, amigo mío: retomemos esa misión. Protejamos a los niños. A las mujeres. A los adultos mayores. A los animalitos también. Protejamos incluso de otros hombres. De los hombres peligrosos. De los que solo están al acecho. De los abusadores.

Hermano mío: en un mundo donde a veces parece que se nos exige demasiado —éxito, dinero, proveeduría, fuerza inagotable—, te digo que eres suficiente tal y como eres, y con lo que hoy tienes. Pero no confundamos suficiencia con conformismo. No dejemos de trabajar. No dejemos de crecer. No dejemos de convertirnos en el hombre que deseamos ser.

Primero por nosotros.

Y después —solo después— por los demás. Si tu estás bien, tu entorno, tu familia, también lo estará.

Mientras llegábamos a Real de Utzumatlán entendí que no siempre se nos pide ser héroes, ni invencibles, ni ejemplares. A veces la vida solo nos pide ser hombres buenos.

Hombres que no convierten su dolor en violencia.
Que no usan la fuerza para imponerse ni el silencio para huir.
Que saben contenerse cuando podrían desbordarse.

Ser un hombre bueno no es carecer de emociones; es hacerse responsable de ellas. Es elegir no herir, incluso cuando la vida es difícil en momentos. Es proteger sin dominar y acompañar sin desaparecerse.

Tal vez esa sea la misión más olvidada y más urgente.
No ser perfectos.
No ser duros.
Solo ser hombres buenos.


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Escrito por

Maestro en Mercadotecnia y licenciado en Comunicación, apasionado por la comunicación política digital. Escribo —de vez en cuando y con café en mano— sobre temas sociales y específicos que encuentro en mis lecturas.

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