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Literatura

Memorias de un lobo Vol. 2

preso de un frenesí que no podía controlar. De pronto apareció un hombre y me preguntó si había visto una chica…

Memorias de un lobo, vol.2 del autor de Tequixquiac, José Luis Bartolo Sánchez

Un motivo poderoso

Los hombres lobo son una idea monstruosa, fruto de la imaginación, del miedo, de la noche y la ignorancia. Se los encuentra de uno a otro extremo del mundo occidental y desde mucho antes de la antigüedad clásica. Los hombres lobo sobrevivieron al exterminio sistemático al que, en muchas regiones fueron sometidos por parte de las comunidades».

Dejé la lectura por un momento y me puse a reflexionar. Me resultaba difícil creer que yo pude haber estado en el lugar de uno de esos hombres lobo. Sabía que desde pequeño era diferente al resto, debido a mi propio carácter e impulsividad. Era el séptimo hijo de mi familia y según me decían, esa característica era muy importante para determinar si alguien podría ser un hombre lobo o no. Aquel virus de la licantropía nunca se había manifestado en mi ser (o eso creía), sin embargo, desde hacía ya un tiempo que venía experimentando comportamientos extraños cuando la luna llena de acercaba. Era una fuerza que me sometía a su voluntad. Y si a ello le agregaba mi pasión por la belleza femenina en todas sus manifestaciones, la sola idea de ser hombre lobo provocaba en mi mente una serie de pensamientos difíciles de controlar.

Yo vivía en un bosque, apartado de todos porque simplemente no podía acoplarme a sus modos de ser y pensar, que eran muy rígidos y chocaban con mi forma de ver la vida, que era bastante liberal. La gente decía que era un proscrito del pueblo, pero yo más bien me definía como un excéntrico. Yo sabía que era diferente y que algo estaba por despertar dentro de mí. El apartarme por propia voluntad había resultado en principio difícil, ya que había tenido que dejar a la mujer de quien estaba enamorado y a la cual no renunciaba. Su nombre era Samantha, una chica dulce, inocente y bella en extremo que, a pesar de mi personalidad no le era tan indiferente.

En una de tantas noches en que pensaba mi situación personal comencé a experimentar sensaciones extrañas que recorrían todo mi cuerpo: parecía que aquel virus despertaba y se apoderaba de mí. Mi fuerza comenzó a incrementarse, mi vello facial creció y de pronto sentí unas ganas incontenibles de aullar. Aun con eso, mi conciencia permanecía inalterable porque sabía perfectamente quién o qué era yo… un lobo, un lobo que debía salir y luchar por lo que quería conquistar… Me llené de furia y salí al bosque en medio de la noche. Recorrí los senderos hasta llegar a lo alto de un monte en donde cumplí mi primer compromiso como todo un lobo: aullar a la luz de la luna. Fue en ese momento cuando comencé a sentirme pleno: el virus se había diseminado por todo mi cuerpo a tal grado que disfrutaba la manera en cómo mi cuerpo se había convertido en su anfitrión.

Continué aullando a la luna por un buen rato, sin embargo, llegó un momento en el que debía cumplir otra encomienda: poseer a Samantha, aquella mujer a la que desde hacía tiempo había vuelto el foco central de mis pasiones. Y sabía que bajo el influjo de este virus, podría llamar su atención porque a pesar de ser un lobo, tenía plena conciencia de lo que era y lo que podía alcanzar. A la mañana siguiente, desperté dentro de mi cabaña con una sensación de pesadez, pero al mismo tiempo de satisfacción. El efecto del virus había pasado de momento, regresándome a mi forma humana, pero recordaba todo con bastante lucidez. Ahora el pensamiento que no me abandonaba era el de perseguir y tener a Samantha, sabía que en algún momento ella tendría que venir al bosque, ya que aquí era donde toda la gente encontraba los recursos necesarios para subsistir. Lo único que me inquietaba era el hecho de que hasta ese momento el virus solo se había manifestado por la noche, pero había algo que me decía que necesitaba un desencadenante poderoso para que este virus me convirtiera en lobo a cualquier hora y sabía que Samantha era un motivo suficiente. Así la estuve acechando por varios días, como lo hace un lobo con su presa hasta que esta oportunidad finalmente llegó.

Samantha había venido al bosque por un poco de leña. Yo la observaba tras los arbustos y el follaje espeso del bosque. La había dejado de ver hacía un tiempo, sin embargo, cuando lo volví a mirar noté que se había convertido en una mujer aún más bella. Su cabellera larga y sedosa, era el complemento perfecto para su rostro, de facciones finas y delicadas. Sus ojos eran expresivos y su boca suave me eran de los más irresistible. Yo la contemplaba, al mismo tiempo que mi deseo iba creciendo más y más… llegó un momento en el que dejé de pensar por mí mismo y fue entonces cuando el virus se manifestó de repente: comencé a sentir nuevamente cómo mi cuerpo se iba transformando hasta tomar su nueva forma. Preso de mis propias pasiones llegué al extremo y no pude más: comencé a aullar tan fuertemente que Samantha se percató de mi presencia.

Yo me lancé hacia ella, preso de un frenesí que no podía controlar. Samantha corrió para alejarse de mí, pero yo era más rápido… a pesar de que había cierta distancia me fui acercando. Ella corría asustada, mientras que yo solo tenía en mi cabeza la idea de hacerla mía a como diera lugar. Algo me decía que con tan solo morderla o rasguñarla, el virus haría el resto. Eso fue lo que me impulsó a correr más fuerte, pero cuando estaba a punto de lograr mi objetivo algo súbito golpeó mi cuerpo y mi mente… Y sin embargo, logré alcanzarla. Cuando la tuve entre mis brazos, pude advertir que Samantha se encontraba temblorosa, pero mientras pasaban los segundos, su actitud cambió a una postura de resignación. De algún modo estaba consciente de que era mi presa y que debía cumplir con su destino. Yo la miraba fijamente… su delicado cuerpo llenaba mi ser de una pasión incontrolable: ¡Al fin era mía!

Samantha expuso su cuello para que yo hiciera el resto. Cuando me dispuse a morderla, algo me detuvo. Aunque yo tenía el virus dentro de mí que me hacía parecer lobo, aun quedaba un residuo de mi conciencia. La amaba tanto que no quise hacerle daño. Samantha se incorporó un poco y con voz entrecortada me dijo: Anda, cumple con tu misión que me he convertido en tu presa y estoy dispuesta a cumplir con mi destino.

Poco a poco la fui sujetando con menor fuerza. Mis pensamientos se confrontaban una y otra vez porque no quería que aquella muchacha dejara de ser lo que era. Y no quería que el único motivo que me permitía soportar mi propia situación perdiera su esencia. Gruñí un poco y le hice un gesto para que ella se fuera. Le había dado la oportunidad de escapar. El virus de la licantropía era fuerte, pero mi pasión por Samantha lo era más. Samantha se retiró del lugar, no sin antes decirme: Eres un lobo poco común y tal vez en el futuro te vea de otra forma. Mientras se perdía entre los árboles y el follaje, lo único que me quedó fue buscar el lugar más alto en ese momento y entonar el aullido más frenético a la luz de la luna… un aullido dedicado a Samantha, porque a pesar de que había escapado de mis garras a voluntad propia, mi motivo y pasión por ella permanecerían intactos, lo cual le daba en cierta forma, sentido a mi existencia como hombre y como lobo.

Valorarse desde dentro y desde afuera

Hacía ya tiempo que el virus no se había manifestado dentro de mí. Pensaba que tal vez lo había dominado a consecuencia de mi último encuentro que había tenido con Samantha. Ello me provocaba una mezcla de sentimientos, donde la tranquilidad y la incertidumbre hacían gala de apariciones repentinas con el único motivo de inquietarme. Incluso llegué al punto de creer que todo pudo haber sido una visión, algo que simplemente soñé y que de vez en cuando regresaba a mi mente a manera de vago recuerdo. ¡qué equivocado estaba! Desafiando las propias leyes de la licantropía convencional, aquel virus estaba gestando dentro de mí un nuevo impulso que solo necesitaba cualquier pretexto para manifestarse… y ello no tardó en llegar.

Samantha había vuelto al bosque. Fiel a mi instinto, en el que yo me posicionaba como el eslabón más alto y fuerte, tuve la capacidad de percibir su presencia cerca del río, por lo que me dispuse a alcanzarla. Me deslicé entre los arbustos de una forma tan natural que comenzaba a darme cuenta que mi esencia seguía siendo la misma, así que no tardé mucho tiempo en arribar a las orillas del riachuelo donde ella se encontraba, pero para mi sorpresa la vi de espaldas con un vestido que parecía ser el de una novia. Algo dentro de mí me detuvo. Observé fijamente cómo se deshacía del velo y el vestido: parecía que no estaba feliz y que aquel atuendo le incomodaba. Por un instante quise lanzarme directo sobre ella, pero otra voz me hizo detenerme de nuevo. Alguien la llamaba por su nombre, pero mientras eso ocurría, Samantha se había metido dentro del agua y no solo eso, sino que se había dejado llevar por la corriente, cuesta abajo.

Antes de poder siquiera seguirla, pude ver que llegaba al lugar alguien a quien inmediatamente reconocí como su futuro esposo. Aquel hombre tomó la ropa y prosiguió su búsqueda, momento que aproveché para tomar mi propio camino y alcanzar a Samantha. Mientras me deslizaba entre los arbustos y los árboles, no podía dejar de pensar en aquello de lo cual había sido testigo. Ahora tenía un impulso fuerte de protección por ella. ¡Yo siempre había buscado la manera de poseerla! Además, como todo lobo, no podía permitir que alguien a quien consideraba ajeno tratara de llevársela por la fuerza, por lo que durante el camino comencé a pensar en un plan. Yo conocía muy bien el bosque. Corrí lo más rápido que pude y llegué a un punto del río en el que Samantha sin duda arribaría. Me sumergí en las aguas poco profundas y relativamente tranquilas esperando simplemente a que ella llegara, lo cual ocurrió al poco tiempo.

Samantha y yo nos encontramos, pero era obvio que no me identificaba debido al hecho de que me encontraba en mi forma plenamente humana, tan fue así que al principio rechazó el hecho de que me encontrara allí. ¿Qué haces aquí? – preguntó Samantha… Disfrutando de los sonidos del bosque – respondí casi de forma automática. ¡Ah, tú eres el ermitaño que vive en una cabaña en medio del bosque! Se dicen de ti muchas cosas, pero nadie sabe a ciencia cierta porqué decidiste apartarte. Seguramente necesitas ayuda. Y te la puedo dar… Samantha se mostró indecisa. Mientras tanto, yo me dispuse a irme, porque como buen lobo sabría encontrar el momento oportuno, pero ella inesperadamente me detuvo.

Necesito que alguien me ayude. Estoy huyendo de mi prometido, que a decir verdad, no lo es. No comprendo, ¿cómo es que estás huyendo de quien va a ser tu esposo? Mi matrimonio ha sido arreglado. Pero ahora no tengo tiempo para entrar en detalles, ayúdame por favor. Mientras aún hablábamos escuché que alguien se acercaba. Le dije a Samantha que tomara aire y se sumergiera en las aguas del río mientras yo fingía estar haciendo mis cosas normales. De pronto apareció un hombre y me preguntó si había visto una chica con la descripción de Samantha. Yo le negué todo y solo le indiqué que hacía unos momentos había escuchado ruidos entre los arbustos con dirección río abajo, que posiblemente sería la persona que él estaba buscando. Convencido de mi historia se retiró mientras yo no dejaba de observarlo con mirada fija e inquisitiva. Una vez se retiró, Samantha emergió del río y me agradeció el haberla protegido. Yo simplemente asentí con la cabeza, sin embargo, había un motivo poderoso. Yo ante todo era un lobo alfa, que busca proteger a sus posesiones, pero también era consciente que debía tocar las fibras más sensibles de Samantha, así que sin decir nada comencé a alejarme para volver a mi cabaña. De pronto Samantha me preguntó: ¿A dónde vas? A mi cabaña en el bosque. ¿Crees que pueda ir contigo? No tengo a donde ir, porque si regreso al poblado, seguramente me obligarán a casarme. Está bien, sígueme.

Una vez llegamos a mi cabaña, Samantha quedó extrañada por la gran organización que tenía. Había espacios para labrar la tierra, cerca hecha de madera y unos aposentos bien delimitados. No entendía como un hombre como yo podía tener una cabaña con todos los recursos a su alcance. Ven y come un poco. Aun tengo comida almacenada de mi última cacería. Samantha que ya estaba perdiendo la extrañeza, se acercó. Yo le dispuse de alimentos y mientras ella comía, fui a mi habitación para acomodarla. Samantha llegó y me preguntó: ¿Aquí me voy a quedar? Sí. Tú te quedarás aquí y no te preocupes por mí. Yo puedo dormir en el suelo que ya estoy acostumbrado.

Esa noche, mientras Samantha dormía no pude evitar levantarme y abrir sigilosamente la puerta. El virus de la licantropía estaba volviendo a mí, pero de nueva cuenta, una fuerza superior me impedía hacerle daño a Samantha. Lo único que pude hacer es contemplar su figura que para mí era idílica, así que para aplacar un poco mi furia, salí de mi cabaña, busqué el punto más alto que pude encontrar, adopté mi forma de lobo, el virus hizo su efecto y me transformé… pero algo era diferente: siempre me había convertido en un lobo negro, pero ahora veía mi pelaje blanco, ¿qué podía significar aquello? La respuesta vendría a mí en los días subsecuentes.

Al día siguiente, Samantha me pidió que le enseñara algunas tareas, porque no quería ser una carga para mí. Como yo sabía muchas cosas, le enseñé a labrar la tierra y a diferenciar ciertos frutos y plantas silvestres. Con el paso de los días ambos notamos que entre los dos comenzaba a nacer una especie de conexión, pero nadie lo quería manifestar de forma directa. Un día, Samantha se hirió la mano. Afortunadamente me encontraba cerca, buscando a una presa para cazar. Acudí a sus gritos tan rápido como pude y la llevé a la cabaña. La vida de ermitaño me había enseñado muchas cosas, así que le preparé un remedio que yo conocía hecho con agua y hierbas del bosque. Mientras la curaba, Samantha me preguntó: No comprendo. ¿Cómo es que te alejaste del pueblo? Es algo complicado de explicar. Y no quiero abrumarte en este momento con la historia de vida, pero te prometo que te lo contaré. ¿Y por qué no ahora? – insistió Samantha. Además, tampoco entiendo como un hombre como tú puede vivir solo aquí. Está bien… yo tenía una esposa a la que amaba mucho, pero debido a un descuido mío ella murió. Al día de hoy no puedo perdonármelo. Entonces mis sospechas eran ciertas – dijo Samantha mientras me miraba fijamente. Tú tienes el virus del hombre lobo que te hace cometer actos terribles de forma inconsciente. Veo que has descubierto mi secreto. Temo que en cualquier luna llena el virus se apodere de mi conciencia y te haga daño, así como se lo hice a mi esposa. Yo no lo creo. Ya una vez me tuviste a tu merced, yo te ofrecí mi cuello y tú te contuviste. No sé si pueda contenerme la próxima vez. Te recuerdo que en aquella ocasión te dije que eras un lobo diferente. Y no por nada el destino nos hizo encontrarnos y comenzar a convivir juntos. Me quedé pensando profundamente: Samantha era más de lo que yo había pensado, quizá por eso la última vez en que me había transformado el pelaje de mi cuerpo había cambiado de color. Ahora no solo la deseaba, sino que en mí había nacido un sentimiento de protección, mientras que ella había visto más allá de mi faceta del hombre lobo, veía a un hombre solitario que tenía necesidades de compañía y ella estaba dispuesta a cubrirlas.

Con el paso de los días Samantha permitió que durmiéramos juntos en la habitación. La calidez y cercanía de su cuerpo eran tales, que hasta el mismo virus se doblegaba. Comprendí que Samantha era la mujer que podría no solo contener este virus, sino también encaminarlo para tomar otro rumbo. Con el paso del tiempo construimos (de forma inconsciente tal vez) una relación de pareja. Y tanto fue así que sin tomar precauciones bajé con ella al río y me dejé ver por su prometido que nunca había dejado de buscarla. Yo tenía que actuar rápido, ya que él venía armado. Así que eres tú el que ha estado todo este tiempo con mi prometida, el proscrito del pueblo, el hombre lobo que debe ser exterminado… prepárate que ha llegado tu fin. Fue en ese instante que ocurrió algo extraordinario: mi instinto de protección y furia fueron tan fuertes que en pleno día el virus invadió mi cuerpo y me transformé en un imponente lobo blanco. Ataqué al prometido de Samantha tan rápido que él ni siquiera pudo reaccionar. Me abalancé sobre él hasta empujarlo por un desfiladero que se encontraba cerca de donde nos habíamos encontrado. Una vez hecho esto, lancé un aullido tremendo. Samantha, quien había presenciado la escena, quedó impactada, pero al mismo tiempo no se alejó. Ella sabía que lo había hecho como una forma de protección. Regresé a mi forma humana y fui a donde estaba ella. Nos miramos fijamente y nos fundimos en un pasional beso. Samantha se había convertido ya en algo más que los motivos de un lobo…


Sobre el autor
José Luis Bartolo Sánchez es originario de Tequixquiac, México. Entusiasta de los relatos de suspenso y misterio, a través de su título «memorias de un lobo», nos acerca un poco a su forma particular para crear historias propias donde confluyen elementos que incluso tienen relación con sus experiencias personales de vida.


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