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Opinión

La opacidad del «llegamos todas»

La columna de opinión de Omar Rodíguez
La columna de opinión de Omar Rodíguez

En el prefacio de El hombre en busca de sentido, Viktor Frankl advierte que cuando el horror se cuenta en bloque, cuando se vuelve cifra, pierde filo. La estadística anestesia. El número ordena. Y en ese orden se diluye la sangre.

Uno puede ver la imagen de Auschwitz y mirar la simetría de las tumbas. Todo tan alineado. Tan limpio. Tan geométrico. Parece solo eso: montañas de cuerpos. Un paisaje. Una postal de la barbarie.

Pero si uno se obliga a mirar distinto —si deja que el corazón haga lo que la estadística no puede— entonces cada tumba deja de ser conjunto y se vuelve historia. Allí pudo haber un joven que imaginaba un oficio. Allá una madre con los brazos todavía tibios del hijo que le arrancaron. Allí una promesa. Aquí un nombre. Y en cada hueco, una vida que no alcanzó a terminar de pronunciarse.

Esa misma mirada es la que me detuvo cuando leí el nombre de Adela, vecina de mi querido Atotonilco de Tula.

Adela desapareció el 26 de enero de 2026.

Durante días fue angustia. Fue silencio. Fue la carretera Jorobas–Tula bloqueada por una familia que solo pedía ser escuchada.

El 2 de febrero la encontraron en una barranca en la comunidad de La Cañada. Su cuerpo tenía huellas de incineración. La descomposición ya hablaba por sí sola.

Adela no es un dato.
No es una carpeta.
No es una cifra más en el reporte mensual.

Es una vida interrumpida que ahora habita ese mismo paisaje de la abyección del que hablaba Frankl.

Casi un mes después, en un acto público en Coahuila, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo anunció programas federales para atender agua y empleo en la región. Antes, Citlali Hernández, secretaria de las Mujeres, afirmó que la llegada de la primera mujer a la presidencia significaba transformar la vida de las mujeres.

“No es asunto de que llega una mujer, llegamos todas… todas somos presidentas de la República”, dijo la presidenta.

Y entonces me vino a la mente y a la reflexión una pregunta.

¿Llegaron todas?

Porque además de Adela, no llegó María José, la adolescente de 17 años asesinada en Iztacalco en 2024. Tras su muerte se supo que su agresor llevaba más de una década matando mujeres. Doce años. Doce. El nombre estaba en expedientes desde 2012. El patrón estaba ahí. Pero nadie quiso mirar el conjunto como sistema. Nadie conectó los puntos.

El Estado no llegó.
Llegó tarde.
Más de diez años tarde.

Tampoco llegó Camila, la niña de ocho años secuestrada y asesinada en Taxco. Había videos. Había rostros. Había tiempo. Pero la orden de aprehensión tardó más de doce horas. Doce horas que abrieron la puerta al linchamiento. Allí no llegó la justicia. Llegó el caos.

Tampoco llegó Noriko Dallana, ejecutada afuera de un hospital del IMSS en Veracruz. Ella había pedido ayuda. Había denunciado. El sistema escuchó, pero no protegió. Y cuando la detención llega meses después, ya es un trámite. Una formalidad. Una justicia de papel para una vida que ya no está.

Y están las que siguen buscando. Madres como Ceci Flores, colectivos en Guanajuato, familias que escarban con sus propias manos porque el Estado no excava lo suficiente. Hasta agosto de 2024 se habían documentado al menos 22 asesinatos de familiares buscadores en México. No solo no llegaron todas. A muchas las mataron mientras intentaban encontrarlas.

Entonces vuelvo a Frankl.

La crueldad se vuelve opaca cuando se mira en conjunto. Cuando se ordena. Cuando se vuelve eslogan.

“Llegamos todas” suena perfecto en la simetría del discurso. Es redondo. Es contundente. Es político. Pero mientras la narrativa celebra la cima, en las barrancas de mi querido Atotonilco, en las calles de Iztacalco, en Guerrero, en Veracruz y en tantos lugares que no alcanzan titular, el paisaje sigue siendo el mismo.

Un paisaje de fosas.
Un paisaje de nombres que no caben en la estadística.

Parece que en México vivimos un holocausto silencioso, uno sin hornos industriales pero con barrancas, con desiertos, con bolsas negras. Y la llegada de una no compensa la ausencia de miles.

Porque mientras una mujer se coloca la banda presidencial, otras son reducidas a ceniza en una barranca.

No llegan todas.

Llegan las siglas.
Llega el discurso.
Llega la fotografía oficial.

Pero a las mujeres de a pie, la justicia —esa que debería caminar con ellas— sigue llegando tarde, o peor aún, no llega.


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Escrito por

Maestro en Mercadotecnia y licenciado en Comunicación, apasionado por la comunicación política digital. Escribo —de vez en cuando y con café en mano— sobre temas sociales y específicos que encuentro en mis lecturas.

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